Esto se diseñó para administrar cómodamente un modelo, que a alguien se le ocurrió que era el que la gente quería. ¿Que duda cabe? La mayoría se lo compró por mucho tiempo y se sintió cómoda delegando el poder una vez cada cuatro años y votando el mal menor cuando era necesario. Ahora cuando se piden cambios de fondo y participación directa en la construcción de un Chile distinto, es cuando descubrimos que detrás del maquillaje democrático, existe un poderoso aparato de contención social, que funciona como cortina de hierro para proteger los beneficios de unos pocos.
Algo grave le pasa a la democracia cuando no da el ancho frente a la movilización social, sobre todo cuando se aboga por la restitución de derechos básicos, cuando está involucrada en ella la juventud y cuando las demandas tienen la claridad y transversalidad de las que hemos hecho gala.
Si la institucionalidad nos restringe no queda mas que apostar a superarla, cuando alguien usurpa la soberanía del pueblo el primer deber es revelarse y tenemos las condiciones para hacerlo. Continuar desde acá implica poner en jaque este statuo quo desde todos los frentes, y a esta altura se ha hecho claro que no basta la movilización.
Especial legitimidad cobran las acciones de desobediencia civil cuando son masivas y suman apoyo, y hay que saber distinguirlas de acciones de simples minorías radicalizadas que generen rechazo. No son solo marchan sin permiso, capuchas y barricadas, sino que tienen relevancia todos los cuestionamiento a la autoridad que tengan poder de convocatoria y surjan de espacios de participación amplios, cristalizando el potencial de las estructuras territoriales que nos hemos dado a la tarea de formar y en las que estamos invirtiendo importantes esfuerzos para aglutinar a quienes no son estudiantes. Hay que estar dispuesto a enfrentar ciertos niveles de violencia, que no se van a hacer esperar, pero con la responsabilidad de la coordinación y caracterización colectiva.
Es una camino que no podemos seguir solos, por riesgo de parecer soberbios, sino del que nos tenemos que hacer acompañar, convenciendo a los indecisos que aun no vean con claridad que se agotaron todos los espacios previos, que los diálogos son estériles, las posiciones irreconciliables y los acuerdos imposibles. Lo demostró la mesa con el gobierno, pero tendremos que agotar también otras salidas institucionales, manteniendo un discurso consecuente de cara a la sociedad, sin negarnos a ellas por principio, sino demostrando, con nuestra participación su ineficacia.
Si el sistema logra sobrevivir los embates de la presión social expresada en la calle es porque ésta no ha comprometido el aparato productivo. Los bolsillos de os grandes capitalistas se encuentran aun a resguardo. No se han sumado actores importantes ni se han desarrollado algunas estrategias clave. Necesitamos comprometer la acumulación de capital para obligar al empresariado a aceptar condiciones menos favorables, como las que significarían la eliminación del lucro.
Tenemos programada una acción el 19 que tiene que convocar a los trabajadores mas allá de la CUT, no silo a ellos, también los funcionarios, las amas de casa, los vendedores, etc. Si la sociedad entera no se pone en pie de lucha para defender sus derechos, difícilmente podremos solos como estudiantes. Ese apoyo social debe invertirse en un accionar político, movido por la toma de conciencia y coordinado desde el nivel territorial.
Pero todo lo que hagamos en términos de desobediencia o movilización, tendrá un techo seguro si no somos capaces de llegar mas allá. No basta con que todo el pueblo quiera algo nuevo, también ha que generar las condiciones para que la elite no pueda mantener lo viejo, desplazarla de las instancias de poder, denunciarla y acorralarla, entrando a jugar a una cancha a la que nos hemos negado. Los miles de estudiante que han salido a marchar pueden dar vuelta a una elección presidencial y tienen la responsabilidad de hacerlo. Los cambios reales no van a llegar hasta que no tomemos el poder en nuestras propias manos, no solo el que esta al margen del sistema, sino también el que se ejerce desde los aparatos del Estado, que son los que hoy día utilizan para derrotarnos.
Lo que tiene que pasar para que algo cambie es que nos demos a tarea de construir en serio una fuerza capas de desplazar del gobierno a los sectores neoliberales, en la que el pueblo sea el protagonista, sin delegar, sino directamente a través de la organización, donde estén presentes en igualdad de condiciones los activistas y pensadores; militantes e independientes; trabajadores, pobladores y estudiantes. Una nueva mayoría, consiente y decidida, que encarne las demandas, integre a los actores y se atreva a pasar de la crítica al modelo a su transformación, copando los espacios de poder para impulsar nuestra agenda. Este movimiento ya está en condiciones de ponerse los pantalones largos, los estudiantes debemos hacernos cargo de nuestros destino.