miércoles, 25 de enero de 2012

El EUNACOM y la ideología de la calidad.

El Examen Único Nacional de Conocimientos de Medicina (EUNACOM) se ha impuesto durante los últimos años como el mecanismo de valoración de la calidad de la formación médica en Chile. Partiendo como un dato referencial, se ha vuelto un requisito obligatorio, adquiriendo el carácter de habilitante  para el el ejercicio médico y siendo una de las principales exigencias para la postulación a especialidades y cursos de postgrado. 

Detrás de este polémico mecanismo está la creciente tendencia a asumir la ideología de la calidad en el ámbito científico. Ya no solo el renglón productivo ha introducido esta doctrina influenciado por el “toyotismo”. También ha permeado con fuerza la discusión educacional, particularmente en lo referente a los mecanismo de evaluación de la formación académica. Primero fueron los estudiantes de medicina, pero ya se discute que también otras carreras deban incluir exámenes de este tipo.

El sentido común tiende a solidarizar con el discurso que lo respalda. Pareciera sensato tener indicadores objetivos de la labor universitaria en base a resultados, también que la competencia entre instituciones podría tener un efecto positivo y que los recursos no pueden entregarse a las universidades sin exigir algo a cambio. La gente reclama en la calle por una “educación de calidad” en todos los niveles, sin llenar el vació metodológico que esta demanda crea, abriendo el espacio para que casi cualquier discurso que integre la palabra mágica pueda ser visto como una solución a la exigencia social. Sobre todo un discurso tan bien estructurado y congruente como el que se instala desde la OCDE, Banco Mundial y otras organizaciones internacionales. “Hacia allá avanza el mundo” es lo que nos dicen. Quedarse abajo es ser mediocre, anticuado o poco moderno. 

La calidad no es solo un discurso de legitimación sino que toda una ideología. Contiene un pack completo de medidas que se instalan con manual, sobre todo en países en vías de desarrollo. Es requisito para acceder a fondos internacionales, en muchos casos los únicos fondos disponibles para el desarrollo de políticas educacionales. Está colándose en las universidades con el plan Bolonia de reforma curricular, y se ve como el horizonte a seguir en todos los niveles educativos, aplaudido por las comunidades académicas alineadas al estu quo de pensamiento neoliberal. 

En torno al EUNACOM no es solo la discusión sobre la pertinencia o no de una prueba que mida la calidad de los egresados, sino de como se destruye el ejercicio científico al forzar a las universidades a competir en torno a sus resultados. 

La ideología de la calidad busca despojar a los productos de todo aquello que no influya en su valor de cambio, optimizando su capacidad de transarse en el mercado. Su objetivo final  no es mejorar la utilidad del objeto al que se aplica sino favorecer la ganancia potenciando su venta y reduciendo los costos de su producción.  Evaluar la formación académica de manera estandarizada en solo una parte, se acompaña siempre de otras medidas como la orientación al cliente, la rendición de cuenta y la competencia entre las instituciones, pero el objetivo es el mismo, al convertir a la educación también en una mercancía.

Las consecuencias ya son evidentes, se recortan las mayas para favorecer los “preuniversitarios”, porque todo lo que no se evalúa en el examen adquiere prioridad secundaria. Y se inicia la “carrera armamentista”, a la que son arrastradas todas las instituciones debido a la especulación publicitaria que propicia la publicación de sus resultados como ranking de puntaje, y no solo como satisfactorio o insatisfactorio, como bastaría para el hecho de asegurar un estándar mínimo que permita el adecuado ejercicio de la profesión médica. Todas las universidades son echadas dentro del mismo saco, perdiendo toda relevancia su carácter público o privado. La orientación social de la profesión queda en el plano retórico al momento de juzgar la formación, y se ven reiteradamente favorecidas aquellas que centran sus esfuerzos en cumplir el mínimo evaluable. Se llama a los estudiantes a elegir en base a este resultado y al las instituciones de gobierno a reconocer y premiar a las instituciones por su desempeño.

No es de extrañar que la entidad que lo promueve, la Asociación Chilena de Facultades de Medicina (ASOFAMECH), tiene una composición donde priman las privadas, imponiendo sus intereses a una minoría de universidades estatales y tradicionales. 

Carece de toda lógica que no sea la acreditación, el mecanismo que certifica la correcta formación de los profesionales médicos y que asegure no solo la calidad sino la excelencia académica de los planteles, lo que es mas propio del quehacer universitario. En lugar de evaluar el proceso en toda su extensión y las condiciones institucionales que lo hacen posible valorizando su orientación a las necesidades del país, se juzgan solo un puñado de contenidos teóricos, cerificándolas con un sello que no considera su complejidad, ni la realización de investigación, extensión o la promoción de valores ciudadanos. La irracionalidad es patente al corroborar, que una alumno bien evaluado en una facultad en particular, luego de haber terminado el extenso recorrido, se enfrenta a un evento que sella su futuro, y puede dejarlo mal parado sin haber tenido la posibilidad de constatar antes el nivel de la educación que estaba recibiendo. Se permite la existencia de malos centros formadores, apelando a una autorregulación que solo se lleva a cabo al hacerse evidente que toda una generación fue estafada, al creer en el producto que se les vendía, partiendo de la premisa que los nuevos estudiantes no optarán nuevamente por esta facultad, pese a que la realidad muestra que las matrículas continúan creciendo.  

El UNACOM, así como la PSU y las reformas curriculares estilo Bolonia, responden a una lógica similar, justificada con argumentos que apelan al sentido común, pero que nos obligan a un profundo análisis. Detrás de políticas a simple vista se sensatas se oculta la sinrazón de un sistema que hemos combatido fuertemente este año. ¿Continuaremos cediendo espacios a las visiones mercantiles, competitivas y segmentarias en lugar de promover la colaboración, autonomía y la dignidad? ¿Pretender que nuestro paupérrimo sistema educacional mejorará profundizando en las mismas lógicas nos llamará a actuar o a continuar pasivos? Al menos a mi no me deja tranquilo. 

sábado, 14 de enero de 2012

Los comunistas y otras izquierdas.

Un fenómeno a debatir como Comunistas es nuestra relación con el creciente sector identificado con la ultra. Dentro del manoseado termino se incluye hoy día no solo a los grupos que se ubican a la izquierda del PC, sino a todos aquellos que tienden a radicalizar posiciones sobre la generación de acuerdos políticos, la utilización de la institucionalidad y las formas de movilización, independiente  de su orientación anarquista, troskista o libertaria.

Además del hecho de ser críticos a la política del Partido Comunista (PC), los une la tesis de querer hacer avanzar al movimiento social hacia una confrontación directa contra todo lo que represente al sistema, sin hacerle “concesiones”, apostando crecer mas hacia la marginalidad que hacia el centro.  En muchos sentidos calzan con las definiciones de Lenin sobre los izquierdistas clásicos, pero han adquirido características nuevas como su obsesiva defensa de la democracia directa, su gusto por el trabajo popular y el uso de la violencia callejera. Estos elementos comunes son los que les permiten a veces actuar como bloque pese a su singular heterogeneidad, bloque que generalmente se coordina en contra nuestra.

Si bien estos grupos siempre han existido y los comunistas hemos tenido con ellos un nivel importante de confrontación ideológica, otras veces hemos sido los aliados naturales para enfrentar enemigos de clase. Por eso resulta particularmente problemático que en un periodo histórico como este, que llama a todas las fuerzas antineoliberales a convertirse en aliados, estemos enfrentando una disputa intestina que pone en juego la posibilidad de avanzar. En casi todos los lugares donde hay presencia comunista ha surgido una importante resistencia de parte de estos sectores hacia las posiciones políticas de nuestros militantes, capitalizando a un importante sector de la población con su discurso anticomunista y desviando el debate hacía quién ejerce la conducción muchas veces recurriendo a descalificaciones infundadas y faltas a la verdad absolutamente deliberadas, por demás muy nocivas para el avance del movimiento.

Pero hay ciertos aspectos de nuestra política que han abierto los flancos por donde ese discurso hace mella. El Partido Comunista ha optado por construir las condiciones que le permitan llegar al gobierno estando dispuesto a generar alianzas mas allá del marco de la izquierda. Si ya la vía democrática al socialismo es cuestionada, que esperar de una posición que nos fuerza a considerar aliados a sectores abiertamente neoliberales, jugando en una cancha donde pareciera que tenemos todas las de perder. Para muchos colocarse la camisa de fuerza de la institucionalidad pinochetista es un paso si no inocente, al menos abiertamente condescendiente con el sistema que queremos transformar y por tanto están dispuestos a dar la pelea porque el movimiento social no sea llevado hacia ese camino. Yo creo que se equivocan, pero en una sociedad despolitizada como la nuestra no puede darse por sentado la existencia de una acabada comprensión sobre el intrincado cúmulo de elementos que fuerzan al PC a plantearse un camino tan peculiar hacia la revolución. Cómo no podemos esperar que solo por llamarnos comunistas ya vamos a tener a todos los trabajadores apoyándonos y nuestro carácter revolucionario va a ser inobjetable.

La verdad es que el Partido Comunista ha sido ambiguo en al menos tres aspectos fundamentales. Primero: su relación con la institucionalidad, ¿cuál es e carácter de la disputa que se da a través de ella? ¿cuáles son sus limitaciones? ¿hasta donde estamos dispuestos a incluirnos y con qué fin? El peligroso juego de participar de ella, lo que por la vía de los hechos es un poco reconocerla y legitimarla, pero a la vez ser crítico de ésta, exige mayor claridad sobre los pasos tácticos y estratégicos según los cuales entrar a disputarla cobra un sentido revolucionario. Ni aun los grupos mas “puristas” en el actuar político dejan de involucrarse en algún grado con la institucionalidad burguesa, participan de federaciones, CCEE, postulan a fondos estatales o buscan elegir concejales; pero se encargan de definir bien el margen que separa el “utilizar” del “ser utilizado”.

Lo segundo: tiene que ver con los límites del reformismo. Una discusión mas vieja que el hilo negro, pero donde tampoco nos podemos dar el lujo de dejar espacios vacíos por donde pueda colarse la critica prejuiciosa de inescrupulosos adversarios. Una revolución no es una suma de reformas,  por muy profundas que sean, hay algo cualitativamente diferente en querer transformar versus mejorar. El programa del PC tiene una importante lista de reformas que son necesarias, que responden a aspiraciones básicas de los trabajadores, estudiantes y pobladores chilenos, pero debe ir mas allá y aventurar un camino, donde tras esas reformas haya un objetivo claro que sea intermedio en la consecución de las condiciones objetivas y subjetivas que abran las puertas a una trasformación total. Falta una intensión manifiesta de superar los marcos de lo actual, de sobrepasar los espacios y proponer fuera de sus márgenes apoyándose en la fuerza de la movilización social . Debemos proponer un camino claro que de luz sobre hacia donde avanzar de manera estratégica y otorgue sentido a cada paso táctico. No pertenecemos a la socialdemocracia y eso no se explica solo porque no participemos de sus foros o porque continuemos defendiendo a cuba, hay que dejarlo claro en un programa que sepa conjugar varias vías.

Tercero: el problema de la gobernabilidad. Una cosa es que no estén las condiciones para un derrocamiento del actual orden por la vía de las armas, pero nunca nos hemos negado a participar de movilizaciones o sublevaciones que pongan en jaque la mantención de la gobernabilidad. Hay una delgada línea que separa la incitación a la rebelión popular con un llamado al caos; de la misma manera en que utilizar la institucionalidad y abogar por reformas estratégicas se separa por poco a ayudar a hacer viable el sistema, o contribuye a descomprimir la caldera social. Por lo tanto no se trata de caer en el error pequeñoburgués de contribuir a profundizar las contradicciones, pero tampoco situarse en la vereda de quienes aspiran a que sea el congreso la única forma de solución, o las urnas la única vía hacia el cambio. Hasta que punto participando y utilizando el sistema favorecemos su estabilidad es algo mas a dejar en claro.

Finalmente creo que no podemos prescindir de nuestros aliados de clase, y está claro que el requisito de la efectividad en el camino que emprendimos es que no vayamos solos. Aunque ciertamente habrá posiciones a derrotar en lo ideológico para depurar al movimiento de los izquierdismos reaccionarios.  Pero con la mayoría de la izquierda hay que recomponer entonces las confianzas que posibiliten una relación de respeto, pero sobre todo de reconocimiento mutuo de la cercanía natural que nos da nuestro carácter de clase. Para que no se nos vea en la veredera de enfrente tendremos que dar una vez más, como siempre que ha sido necesario en la historia, una prueba de consecuencia por la vía de los hechos, siendo los primeros dispuestos al trabajo, recuperando la presencia en las bases, haciendo uso de nuestro racionamiento dialéctico y poniendo en práctica nuestro análisis marxista para contribuir a encontrar en conjunto con otros sectores un camino que no se desvíe en su objetivo de alcanzar el socialismo. El debate abierto sobre el tema al interior de nuestro partido no se debe hacer esperar.