El Examen Único Nacional de Conocimientos de Medicina (EUNACOM) se ha impuesto durante los últimos años como el mecanismo de valoración de la calidad de la formación médica en Chile. Partiendo como un dato referencial, se ha vuelto un requisito obligatorio, adquiriendo el carácter de habilitante para el el ejercicio médico y siendo una de las principales exigencias para la postulación a especialidades y cursos de postgrado.
Detrás de este polémico mecanismo está la creciente tendencia a asumir la ideología de la calidad en el ámbito científico. Ya no solo el renglón productivo ha introducido esta doctrina influenciado por el “toyotismo”. También ha permeado con fuerza la discusión educacional, particularmente en lo referente a los mecanismo de evaluación de la formación académica. Primero fueron los estudiantes de medicina, pero ya se discute que también otras carreras deban incluir exámenes de este tipo.
El sentido común tiende a solidarizar con el discurso que lo respalda. Pareciera sensato tener indicadores objetivos de la labor universitaria en base a resultados, también que la competencia entre instituciones podría tener un efecto positivo y que los recursos no pueden entregarse a las universidades sin exigir algo a cambio. La gente reclama en la calle por una “educación de calidad” en todos los niveles, sin llenar el vació metodológico que esta demanda crea, abriendo el espacio para que casi cualquier discurso que integre la palabra mágica pueda ser visto como una solución a la exigencia social. Sobre todo un discurso tan bien estructurado y congruente como el que se instala desde la OCDE, Banco Mundial y otras organizaciones internacionales. “Hacia allá avanza el mundo” es lo que nos dicen. Quedarse abajo es ser mediocre, anticuado o poco moderno.
La calidad no es solo un discurso de legitimación sino que toda una ideología. Contiene un pack completo de medidas que se instalan con manual, sobre todo en países en vías de desarrollo. Es requisito para acceder a fondos internacionales, en muchos casos los únicos fondos disponibles para el desarrollo de políticas educacionales. Está colándose en las universidades con el plan Bolonia de reforma curricular, y se ve como el horizonte a seguir en todos los niveles educativos, aplaudido por las comunidades académicas alineadas al estu quo de pensamiento neoliberal.
En torno al EUNACOM no es solo la discusión sobre la pertinencia o no de una prueba que mida la calidad de los egresados, sino de como se destruye el ejercicio científico al forzar a las universidades a competir en torno a sus resultados.
La ideología de la calidad busca despojar a los productos de todo aquello que no influya en su valor de cambio, optimizando su capacidad de transarse en el mercado. Su objetivo final no es mejorar la utilidad del objeto al que se aplica sino favorecer la ganancia potenciando su venta y reduciendo los costos de su producción. Evaluar la formación académica de manera estandarizada en solo una parte, se acompaña siempre de otras medidas como la orientación al cliente, la rendición de cuenta y la competencia entre las instituciones, pero el objetivo es el mismo, al convertir a la educación también en una mercancía.
Las consecuencias ya son evidentes, se recortan las mayas para favorecer los “preuniversitarios”, porque todo lo que no se evalúa en el examen adquiere prioridad secundaria. Y se inicia la “carrera armamentista”, a la que son arrastradas todas las instituciones debido a la especulación publicitaria que propicia la publicación de sus resultados como ranking de puntaje, y no solo como satisfactorio o insatisfactorio, como bastaría para el hecho de asegurar un estándar mínimo que permita el adecuado ejercicio de la profesión médica. Todas las universidades son echadas dentro del mismo saco, perdiendo toda relevancia su carácter público o privado. La orientación social de la profesión queda en el plano retórico al momento de juzgar la formación, y se ven reiteradamente favorecidas aquellas que centran sus esfuerzos en cumplir el mínimo evaluable. Se llama a los estudiantes a elegir en base a este resultado y al las instituciones de gobierno a reconocer y premiar a las instituciones por su desempeño.
No es de extrañar que la entidad que lo promueve, la Asociación Chilena de Facultades de Medicina (ASOFAMECH), tiene una composición donde priman las privadas, imponiendo sus intereses a una minoría de universidades estatales y tradicionales.
Carece de toda lógica que no sea la acreditación, el mecanismo que certifica la correcta formación de los profesionales médicos y que asegure no solo la calidad sino la excelencia académica de los planteles, lo que es mas propio del quehacer universitario. En lugar de evaluar el proceso en toda su extensión y las condiciones institucionales que lo hacen posible valorizando su orientación a las necesidades del país, se juzgan solo un puñado de contenidos teóricos, cerificándolas con un sello que no considera su complejidad, ni la realización de investigación, extensión o la promoción de valores ciudadanos. La irracionalidad es patente al corroborar, que una alumno bien evaluado en una facultad en particular, luego de haber terminado el extenso recorrido, se enfrenta a un evento que sella su futuro, y puede dejarlo mal parado sin haber tenido la posibilidad de constatar antes el nivel de la educación que estaba recibiendo. Se permite la existencia de malos centros formadores, apelando a una autorregulación que solo se lleva a cabo al hacerse evidente que toda una generación fue estafada, al creer en el producto que se les vendía, partiendo de la premisa que los nuevos estudiantes no optarán nuevamente por esta facultad, pese a que la realidad muestra que las matrículas continúan creciendo.
El UNACOM, así como la PSU y las reformas curriculares estilo Bolonia, responden a una lógica similar, justificada con argumentos que apelan al sentido común, pero que nos obligan a un profundo análisis. Detrás de políticas a simple vista se sensatas se oculta la sinrazón de un sistema que hemos combatido fuertemente este año. ¿Continuaremos cediendo espacios a las visiones mercantiles, competitivas y segmentarias en lugar de promover la colaboración, autonomía y la dignidad? ¿Pretender que nuestro paupérrimo sistema educacional mejorará profundizando en las mismas lógicas nos llamará a actuar o a continuar pasivos? Al menos a mi no me deja tranquilo.